viernes, 7 de septiembre de 2012

Escribiendo cine:"Abraham Lincoln: Cazador de vampiros", Timur Bekmamentov.

Basada en el libro de Seth Grahame-Smith "Abraham Lincoln: Cazador de vampiros", editada por Umbriel.

A algunos nos gustaría saber cuál hubiese sido la reacción de John Ford, genial autor de El joven Lincoln, al asistir a una proyección de esta cosa. Con toda seguridad, el viejo maestro se hubiese mordido el amarillento pañuelo que solía llevar atado en la muñeca, se hubiera colocado el parche en el ojo y, después de emitir un gruñido hubiese dicho: “Hay días en los uno desearía llevar un parche en los dos ojos...” 
Lo cierto es que engendrar algo como Abraham Lincoln: Cazador de vampiros debe ser consecuencia del uso continuado de psicotrópicos peligrosísimos combinados con alcohol de noventa y seis grados porque si no, no se puede explicar que a alguien se le haya ocurrido con tal premisa escribir una novela, a otro se le haya pasado por la cabeza comprar sus derechos para adaptarla al cine y aún a otro más haya querido dirigirla e intentar hacer tragar al público con una diversión que ni existe, ni se la espera. 
Sería estúpido hablar, en una película así, de interpretaciones y de aproximaciones históricas con un fondo tenebroso de colmillos largos y manejos de hacha que hacen palidecer al mismo Gimli de El señor de los anillos, de Peter Jackson. Y es que, parece ser, que no contentos con intentar encumbrar a mitos que ni de lejos lo son, de lo que se trata es de magnificar a mitos que siempre lo han sido. Y luego añadir la genial idea de mezclar la lucha por la abolición de la esclavitud y la guerra de secesión americana con la existencia de unos vampiros que viven mejor que mueren que, por supuesto, deciden apoyar al Sur porque, vamos a ver, ¿qué son unos vampiros sin nación? Nada, todo el mundo lo sabe. Un vampiro sin nación es como una guinda sin pastel, un espejo sin reflejo o un tenedor de plata sin trozo de carne pinchado. 
Todo este batiburrillo sin más sentido que el de fabricar espectacularidad a troche y moche está dirigida por Timur Bekmamentov, un tipo que se ha asociado con Tim Burton para llevar a cabo sus desatinos (y eso, señores, es lo que hace que algunos hayan apreciado tanto una película tan penosamente efectista como Wanted) y que adora y profesa culto a la cámara lenta. Tanto es así que cuando se sale del cine uno tiene la impresión de que sus pasos son pura épica, que sus movimientos son más chulos que Cristiano Ronaldo cuando marca un gol y que hasta un simple pestañear sea una caída de ojos espectacular. Tanto como ver a Abraham Lincoln, presidente de los Estados Unidos, manejar un hacha de plata con mango calibre 45 con tanto malabarismo y fuerza que parece una majorette en pleno desfile. ¿Se imaginan ustedes a Barack Obama matando seres de las tinieblas con su cortauñas plateado para salvar al mundo de la más injusta de las crisis económicas que ha padecido nunca? Eso sí que son vampiros chupasangres y lo demás son verdaderas tontadas. 
El caso es que lo de intentar que los hechos históricos cuadren con esa profesión oculta del leñador-abogado-político-presidente es un encaje de bolillos que haría sonreír al más pesimista a poco que tenga un poco de idea. La reducción llega a ser simplista, con una sangre inusualmente oscura que hace palidecer la que fue derramada con terrible crueldad en la legendaria batalla de Gettysburgh. Y es que el fregado fue difícil porque, increíblemente, estaban de por medio los afamados hijos de la muerte vestidos de sudistas y, claro, es muy complicado matar a quien ya está muerto. Pero ahí está el presidente para tener brillantes ideas, para erradicar de los Estados Unidos cualquier rastro de bestia infernal, para ser figura central de escenas tan efectistas que el aburrimiento no tarda en aparecer, la sorpresa ni siquiera viene y la calidad emprende una fuga de éxito. Aunque quizá el objetivo de esta maravilla sea poner los dientes largos a los que desean ver buen cine, quién sabe. 

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